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El peligro de un presidente narcisista

El mayor peligro de un presidente narcisista no es la ideología ni la política pública, sino la sustitución del servicio público por la obsesión personal. El cargo se convierte en un espejo, no en una responsabilidad. Las decisiones no se toman por el país, sino por validación.

En esta mentalidad, los hechos importan solo cuando halagan. Las instituciones existen únicamente cuando obedecen. Los tribunales, las elecciones, los expertos y la prensa son elogiados cuando resultan útiles y atacados cuando no lo son. La erosión democrática no requiere un golpe de Estado; ocurre insulto tras insulto, mentira tras mentira y norma rota tras norma rota.

El daño más profundo es cultural. Un presidente narcisista enseña a sus seguidores a personalizar el poder. El desacuerdo se convierte en deslealtad. Perder se vuelve imposible. El líder es presentado como la nación misma, haciendo que la rendición de cuentas parezca traición en lugar de deber.

Mucho después de que termine esa presidencia, el daño permanece. La confianza en las elecciones se debilita. La verdad se fragmenta. El siguiente líder hereda un sistema ya torcido alrededor del ego en lugar de la ley. Las democracias no colapsan de la noche a la mañana; fracasan cuando suficientes personas aceptan que la autoimagen de una sola persona importa más que el sistema que protege a todos.